EL MITO DE LA LIBERACIÓN INDIVIDUAL DE LAS MUJERES
Autora: Silvia Isidro
Pero, ¿este avance en el bienestar de las mujeres se ha
producido de manera natural? ¿Ha sido una lucha individual o colectiva?
Quienes consideran que basta con el ejercicio de la fuerza
de voluntad y el deseo individual para conseguir la liberación están omitiendo,
con cierta inocencia, cuál es el motor real de cambio en la sociedad, además de
obviar el poder de las élites sobre el resto de la población, siendo estas
élites encarnadas, principalmente, por los varones, que han luchado
denodadamente a lo largo del tiempo por sofocar el afán de emancipación de las
mujeres y devolverlas al lugar que ya tenían previamente designado para ellas:
el hogar y los cuidados.
Para ello, se han dotado de diferentes herramientas a lo
largo de la historia. Hay diversas teorías al respecto, normalmente asociadas
al determinismo biológico (tan perjudicial para las mujeres) pero la más
factible es que el comienzo del patriarcado, tal y como lo conocemos, haya sido
fruto del simple uso de la fuerza física como principal herramienta, donde los
varones han tenido, y tienen, una ventaja indiscutible.
Es lo que Alicia Puleo llama sociedades de “patriarcado duro
o de coerción”, en contraposición con las sociedades de “patriarcado blando o
de consentimiento”. En éstas últimas, se defiende la igualdad entre hombres y
mujeres en términos legislativos, pero sin aplicación real en la práctica, o no
de forma total. La prueba está en que las mujeres, al aplicar su “libertad de
elección” mediante dicho consentimiento, terminan tomando las mismas decisiones
(que las colocan en ámbitos de subordinación) que si vivieran en sociedades de
patriarcado duro o de coerción. Es lo que Ana de Miguel llama “el mito de la
libre elección”, cuya ventaja para los varones es, claramente, un coste mucho
menor en términos de convivencia, con la misma efectividad.
En los patriarcados blandos, el uso de la violencia física
ha pasado a considerarse una herramienta de “fracaso” social, solo usada cuando
todos los demás recursos, infinitamente más sutiles, dejan de tener efecto. En
estas sociedades, la manipulación se hace a través de la pedagogía, en lo que
Pierre Bordieu da en llamar “Violencia Simbólica”, que es la imposición por un
poder arbitrario de una arbitrariedad cultural y que se transmite a través de
lo que él llamaba el “habitus”.
El “habitus” es un conjunto de estructuras mentales, que
permiten a las élites intelectuales (y de poder) manejar el mundo social y son
generadoras de prácticas que parecen ser producto del libre albedrío pero que
están objetivamente determinadas, principalmente a través de la cultura, para
lograr el beneficio de dichas élites. Dentro de este conjunto de prácticas se
encontraría la perpetuación de las jerarquías sexuales entre mujeres y hombres
mediante la socialización de las expectativas en unas y otros.
Dichas expectativas tienen como objetivo producir un efecto
de auto sabotaje en las mujeres, lo que comúnmente se denomina Efecto Pigmalión
o profecía auto cumplida por la que, si la persona tiene el convencimiento de
que no puede cumplir algo, entonces no luchará por conseguirlo y se impondrá
trabas a sí misma de manera totalmente inconsciente.
Así pues, el asentamiento de los roles sexuales tiene dos
vertientes: una colectiva, donde los hombres y, sobre todo, las mujeres se
adaptan a las expectativas que tiene la sociedad sobre ellos (siendo
violentados de forma sutil o dura si no lo hacen), y otra individual, donde
cada persona aplica a su propia vida lo aprendido y participa de su
perpetuación en la sociedad presionando a sus congéneres para que no se salgan
de la norma.
Qué duda cabe que ser conscientes de estas relaciones de
poder y el efecto que produce en las mujeres es fundamental para poder salir de
esta rueda de sexismo en que nos hallamos inmersas. Sin embargo, no es fácil
conseguir esta consciencia de manera individual, sino que es necesario teorizar
de manera colectiva para poder observar realmente cuáles son las corrientes de
poder que nos atraviesan.
La socialización no se produce únicamente a través de la
familia. También se perpetúa en la escuela, los medios de comunicación, los
grupos de pares, el lenguaje, la tradición, la religión, la cultura, etc. Y,
sobre todo, ocurre en TODOS los lugares del planeta, con diferentes grados.
Las personas comenzamos a socializar el género antes del
nacimiento, gracias a la tecnología moderna, cuando la familia conoce el sexo
del bebé, y las expectativas de género quedan fijadas, definitivamente,
alrededor de los 3 o 4 años de edad.
En el mundo occidental, supondrá la semilla en la
interiorización de la idea de la mujer como cuidadora y madre, a la que se
aplicarán diversas barreras de acceso a lugares de poder, de forma sutil pero
eficaz, con el objetivo de evitar la revolución. Pero en otros países el efecto es demoledor. De acuerdo con el estudio económico anual
de la India en 2018, en este país faltan 63 millones de mujeres que fueron
abortadas de forma selectiva por ser mujeres, al ser vistas como una carga
familiar por culpa de la tradición. Además, cada día mueren cerca de 7.000
niñas antes de cumplir los 6 años debido a la preferencia de los varones a la
hora de recibir cuidados sanitarios e incluso alimenticios. Por
no mencionar los abusos sexuales, violaciones, la prostitución, la pobreza, etc
El hecho de que algunas de estas prácticas ocurran en países
lejanos, no significa que no produzca efectos en la situación de las mujeres
occidentales. Primero, porque el mundo se ha globalizado y las fronteras cada
vez son más tenues, al igual que los flujos migratorios y los intercambios
culturales, y, en segundo lugar, porque a las mujeres occidentales se les
recuerda, casi a modo de amenaza, la “suerte” que tienen de no estar ahí,
limitando sus propias aspiraciones por comparación con quien está más oprimida.
Se empuja a las mujeres occidentales, por tanto, a compararse con quien ha
tenido peor suerte, en lugar de permitirles mirar a quien ostenta los
privilegios gracias a su opresión. De nuevo, el Efecto Pigmalión.
Todas las mujeres del mundo necesitan lo mismo para poder
emanciparse: libertad para disponer de su propio cuerpo, derecho a la
educación, derecho a la autonomía, derecho a alcanzar cotas de poder económico,
legislativo y judicial, derecho de expresión.
Sería inocente pensar que las mujeres nunca han tenido ideas
emancipadoras y que no han luchado e, incluso, se han dejado la vida, por
conseguir cierto aire de libertad por pequeño que fuera. Ese deseo no es algo
que pertenezca al mundo moderno o solo a cierto colectivo de mujeres del primer
mundo. Si hubiera bastado con el deseo, las mujeres estarían liberadas hace
muchos siglos. Todas, no solo algunas de forma excepcional. Por lo tanto, no
basta con el deseo para lograr la libertad.
Valcárcel subraya que, aunque el feminismo es una filosofía
política individualista, necesita urgentemente la formación de un 'NOSOTRAS',
que permita que las mujeres se articulen colectivamente y se constituyan en un
actor social con capacidad de intervención política y social.
La agenda feminista solo ha ido consiguiendo hitos en
momentos históricos muy específicos en los que no solo se dio el deseo, sino,
sobre todo, la oportunidad, de poder llevarlos a cabo de forma colectiva y con
objetivos muy claros. Es necesario luchar por crear esas condiciones de
oportunidad necesarias.
Así, en la Ilustración, se puso sobre la mesa la obligada
sumisión de las mujeres, la toma de estado por inclinación, el entendimiento
contractual del matrimonio y la equidad en la herencia. La agenda sufragista
luchó por los derechos educativos, civiles y políticos, junto con el
abolicionismo de la prostitución. La agenda contemporánea incluye la plenitud
de los derechos individuales, y, desde que los conteos de presencia femenina en
ámbitos de poder comenzaron en los ochenta, la paridad. Esto, en países
occidentales, y solo algunos puntos de estas agendas se han ido desviando hacia
otros países con menos suerte.
En conclusión, las mujeres somos un grupo mundialmente
oprimido, y ninguna mujer, en ningún lugar del mundo, podrá ser totalmente
libre mientras otra se mantenga oprimida.
El movimiento de mujeres solo ha conseguido avanzar cuando
las luchas han sido colectivas, cuando las mujeres se han unido, se han
escuchado y se han movilizado juntas aprovechando los momentos de oportunidad
y, desde luego, con una agenda concreta muy clara.
Como dijo la feminista soviética Rosa Luxemburgo, “Quien no
se mueve, no siente las cadenas”. Pero que algunas mujeres no las sientan, no
significa que no existan, solo que no se han salido suficientemente de la
norma. El patriarcado ya se encargará de que, si una mujer, de forma
individual, se rebela demasiado, las sienta con toda su dureza. Y si no, mutará
para poder seguir perpetuándose.

Muy lúcido e interesante. Hay que continuar con la lucha. Algo se ha avanzado pero queda mucho.
ResponderEliminarGracias!!!
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