LA MUJER ACTUAL: ENTRE LO PÚBLICO Y LO PRIVADO
Por Silvia Isidro
1/12/2020
Estamos en 2020 y, todavía no podemos asegurar que las mujeres y
los hombres ocupen el mismo lugar en el mundo. Ni en España ni en ningún otro
rincón del planeta, aunque es cierto que el grado de desigualdad varía de unos
lugares a otros. Aunque las leyes, en los países democráticos al menos,
garantizan la igualdad entre ambos sexos, a la hora de la verdad, ello no se
traduce en una equiparación de valor para la sociedad, ni de estatus económico
ni de consideración social ni de participación en ningún ámbito de poder real.
Ya apuntaba Simone de Beauvoir en su libro “El Segundo Sexo” que
a las mujeres, desde que nacen, se les va envolviendo en capas superpuestas de socialización
con el fin de que naturalicen y normalicen su posición de subordinación
respecto al varón, para hacerles saber de su lugar en el mundo como “lo Otro” y
jamás como un ser humano que sea un fin en sí mismo. El valor de las mujeres se
ha medido desde tiempos inmemoriales, exclusivamente, en función del servicio
que otorgaba al varón, del cuidado, de la felicidad, de lo doméstico. Las
mujeres han sido educadas para la entrega, el desapego, lo sagrado. Su mundo
pertenece al ámbito de lo emocional, lo dependiente, lo irracional, la
naturaleza, lo íntimo, lo privado.
Al varón, por el contrario, históricamente se le ha educado en la
idea de que, solo por serlo, es acreedor de todos los bienes del mundo, lo
ocupa, lo puede y lo debe conquistar, incluyendo a las mujeres, porque su valía
depende de sí mismo y se espera que busque su propio beneficio. Su mundo
pertenece a lo racional, lo seguro, lo independiente, lo público.
Esta diferenciación respecto a la pertenencia o no al ámbito
privado o público no es algo baladí, puesto que va a ser determinante a la hora
de establecer las jerarquías sexuales de uno y otro sexo.
El hecho de que el ámbito de las mujeres sea considerado privado
e íntimo no es casualidad, puesto que, al considerar así todo lo que las
mujeres hacen, se establece una frontera moral que impide que quien no
pertenezca al entorno de cada mujer, pueda opinar o teorizar, o incluso hablar
de lo que ocurre en esos espacios.
Para las mujeres, todo lo que no es íntimo y privado es
considerado, socialmente, sucio; no hay más que ojear el diccionario y buscar
la definición de hombre público y compararla con la de mujer pública. Es el
sistema que utiliza la sociedad patriarcal para garantizar la imposibilidad de valorar,
medir o politizar lo que pasa entre las cuatro paredes de una casa y, desde
luego, de poder cambiar el statu quo de los varones sobre las mujeres, en
clave de jerarquía sexual.
Vivimos en una sociedad donde todas las actividades se miden
desde un punto de vista económico. Todo aquello que se considera valioso para
la sociedad y que aporta un mayor valor a la civilización se ha convertido en
una variable económica medible y objetiva, que se puede contrastar, además, con
esas mismas variables en otros países. La medición de estas variables se
traduce en el Producto Interior Bruto de un país o, también, en términos de ocupación
y salarios.
Siguiendo este razonamiento, si todo lo que está incluido en el
PIB o todo lo que considera digno de salario se considera valioso para un país,
se podría inferir que, todo aquello que no lo está, se considera algo
absolutamente prescindible para la sociedad.
Pero ¿es esto cierto? Las labores domésticas son, en su mayoría,
realizadas por mujeres y no remuneradas. Sin embargo, su peso en la economía
real de España es enorme, con un valor de más de 426.000 millones de euros, según
recoge un estudio de la investigadora Marta Domínguez Folgeras, del
Instituto de Estudios Políticos de París. En términos de PIB, esto supone
un 41% del total. Sin embargo, las cuentas nacionales no lo incluyen entre sus
mediciones, precisamente, por no existir intercambio monetario. Es como el pez
que se muerde la cola; no se valora porque no hay intercambio económico y no
hay intercambio económico porque no existe valoración por parte de los
organismos oficiales. Así, de nuevo, se invisibiliza no solo la existencia de
este tipo de actividad, y su importancia para la economía global, sino que
además se extrae una plusvalía laboral a nivel social que no está contemplada a
nivel retributivo para las mujeres, conduciéndolas de nuevo a ese espacio del
que no encuentran salida.
Porque si el mundo está hecho a imagen y semejanza de un ideal
de varón (independiente, seguro, racional, con las necesidades ya cubiertas),
eso significa que debe haber alguien que pueda dedicarse a lo dependiente, lo “natural”,
lo “corporal”, a satisfacer esas necesidades que, no por no estar valoradas
económicamente, no significa que no existan. Para que el varón pueda dedicarse
a lo público, tiene que existir alguien que se encargue de lo privado, de
“hacerle la cena”, de “lavar su ropa”, de “cuidarle si está enfermo”, de “darle
hijos”, de “educar a esos hijos”, etc. Y normalmente, se encarna en el cuerpo,
el tiempo y la salud de una mujer.
Incluso si una mujer se niega a dedicarse a lo doméstico, como
forma de “empoderamiento individual” (como si esto fuera posible), cuando puede
permitírselo, siempre habrá otra mujer en peores condiciones económicas, que se
encargará de satisfacer esas necesidades. Y eso es lo que promueve el mercado. Es,
por tanto, requisito imprescindible que, para que el sistema se perpetúe, exista
una desigualdad económica entre quien ostenta lo público y quien se encarga de
lo doméstico, de modo que siempre haya alguien en este último lugar. Dado que
son las mujeres las que suelen encarnar este puesto, el sistema se encargará de
que sus salarios siempre sean menores que los de los sus pares varones para que
no les resulte rentable ni fácil su traslado completo a lo público.
De esta manera, las mujeres solo tienen dos opciones para “elegir”,
como dice Katrine Marçal en su libro “¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?”: o bien imitar a los hombres o bien ser su
complemento. Pero, si nos damos cuenta, la elección siempre gira alrededor del
varón, ya sea como ejemplo o como contrario. El mundo no está pensado para las
mujeres porque su destino sigue siendo servir.
Lo demuestra el hecho de que, según el Informe Anual de
Empleo en las Pymes 2018 elaborado por Randstad en colaboración con
CEPYME, las mujeres ocupan el 98% del empleo doméstico, el 94% del cuidado a
otras personas, el 85% de los cuidados en los servicios de salud. El 71%
de los profesionales de la salud son mujeres y el 69% del profesorado no
universitario también lo es.
Curiosamente, según la Encuesta Anual de Estructura Salarial
(EAES) de 2018, elaborada por el INE, por sectores económicos, en España la
mayor brecha salarial entre hombres y mujeres en los salarios por hora se encuentra
en el sector de Actividades sanitarias y de servicios sociales (22,3),
seguido del sector de Comercio, ambos muy feminizados. Es decir, en aquellos
sectores en los que las mujeres son mayoría, la brecha salarial es mayor que en
otros sectores, lo que significa que el prestigio no va asociado al sector, si
no a quien lo ocupa. Es decir, se valora menos la ocupación de una mujer, solo
por nacer mujer o, dicho de otra manera, se le castiga salarialmente por no nacer
hombre.
En definitiva, los cuidados que realizan
mayoritariamente las mujeres son una labor imprescindible para la
sociedad, pero al no gozar del suficiente prestigio, por las razones
arriba explicadas, no está justamente remunerado para ellas.
Es hora de expresar lo privado en
términos de lo público. Como decía Kate Millet: “Lo personal es
político”. Las mujeres necesitamos hablar de lo que ocurre dentro de nuestros
hogares, de nuestros cuerpos, de nuestra regla, de nuestro embarazo, de nuestra
falta de instinto maternal o de cuidados, o de todo lo contrario, debemos dejar
de sacralizar ciertos sentimientos impuestos por miedo a que se nos tache de
“malas”, “histéricas”, “locas”, “putas”, “feas”, “marimachos”, etc.
Necesitamos ser conscientes de que lo que
nos ocurre no es algo aislado, sino un sistema político inculcado a nivel
subconsciente mediante su naturalización simbólica, que se reproduce a sí mismo
y que nos conforma para tener un destino que no hemos elegido de forma natural.
Las mujeres necesitamos encontrar nuestro
propio lugar en el mundo y establecernos en ese lugar, por nosotras mismas. Necesitamos
encontrar espacios para compartir nuestras experiencias y, una vez conscientes,
poder explicarlas, teorizarlas, politizarlas y modificar nuestra visión del
mundo y la de nuestros compañeros varones para lograr un mundo más justo para
toda la humanidad.

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